Semana Santa18-04-2011 Hoy, el mundo cristiano y de manera
especial los católicos, comenzamos a celebrar con gozo la Semana Santa. Estos
serán días en que no sólo recordaremos con un afán sentimental, hechos
sucedidos hace ya mucho tiempo, sino que en oración en cada una de las hermosas
celebraciones litúrgicas, experimentaremos con fuerza que “el amor de Dios no
se ha acabado”. El Señor que se entregó
por nuestra salvación, de una vez y para siempre, sigue actuando en medio
nuestro con la fuerza de su Espíritu. Como obispo, quiero invitar a cada uno de
mis hermanos y hermanas, a que estos días sean verdaderamente santos, a que
mirando a Cristo aprendamos grandes lecciones que no hemos de olvidar.En primer lugar, el amor eterno de
Dios para con cada uno de nosotros, el valor y la dignidad de la vida humana,
la grandeza del amor verdadero que siempre mira por el bien de los amados, el
no olvidar que el amor lleva a servir, a la entrega y al perdón. Aprender de la
infinita paciencia de Dios que no se cansa de esperarnos; el valor del
sufrimiento vivido con fe, abandono y entrega generosa. Aprender y no olvidar
que el amor es más fuerte que la muerte.
Hemos de mirar a Jesús en el madero
de la cruz, instrumento del cual se
sirvió para unir el cielo con la tierra y con el cual abraza a la humanidad
entera.
Nos hará bien a todos, poder detenernos un momento y poder
querer hacer la prueba de amar como Jesús, sentir con su corazón, tener su
limpia mirada. A esto invitaba San Alberto Hurtado cuando ante distintas
situaciones se preguntaba ¿qué haría Cristo en mi lugar?.
Cristo vive, esta es la certeza del
creyente, y para que El viva en nosotros hemos de aprender a morir cada día un
poco. Esto se hace realidad cuando deponemos las envidias y odios, sofocamos
los deseos de venganza, ahogamos el
egoísmo y hacemos que triunfe el bien.
Nuestra sociedad necesita, aunque a
veces no lo quiera entender, que Cristo sea puesto en alto en medio de ella. Sólo Él, es quien nos puede
mostrar el camino para lograr esa sociedad más justa que todos deseamos. Esto
se logrará no queriendo matar a Dios, ni alejándolo de nuestras vidas, sino más
bien abriéndole el corazón.
Cristianos, nuestra misión es hacer
que Cristo reine. Oremos, trabajemos, evangelicemos para que esto sea una
realidad.
Hagamos que esta semana se
verdaderamente santa.
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